Arquidiócesis Ortodoxa Antioquena
de
México, Venezuela, CentroAmérica y el Caribe
Boletin Dominical
5
de octubre 2003
DOMINGO
16° DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Cristo, que es el camino y la vida, después de su
Resurrección de entre los muertos, acompañó a Lucas y Cleofás, que lo
reconocieron en Emaús al partir el pan, y cuyos corazones ardieron cuando
les habló en el camino, explicándoles todo lo que está escrito sobre su
sufrimiento. Exclamemos con
ellos: ¡En verdad, el Señor ha resucitado
y se ha aparecido a Simón
Pedro!
(exapostelarion)
TROPARIOS
Destruiste la muerte con tu cruz y abriste al ladrón el Paraíso; a las Mirróforas los lamentos trocaste y a tus Apóstoles ordenaste predicar que resucitaste, oh Cristo Dios, otorgando al mundo la gran misericordia.
Oh Protectora de los cristianos indesairable; Mediadora, ante el Creador, irrechazable: no desprecies las súplicas de nosotros, pecadores, sino acude a auxiliarnos, como bondadosa, a los que te invocamos con fe. Sé presta en intervenir y apresúrate con la súplica, oh Madre de Dios, que siempre proteges a los que te honran.
SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS
(6, 1-10)
Hermanos: Como cooperadores suyos que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues dice él: En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación. A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades, angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos.
EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN
(6, 31-36)
Dijo el Señor: “Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Mas bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos.
“Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo.”
LA LEY DE ORO Y LA LEY DE CARIDAD
Las
palabras de Nuestro Señor Jesucristo leídas en el Evangelio de hoy, podemos
decir de una manera metafórica que son oro molido. Sí, la excelsa doctrina de
Cristo, supera en mucho cualquiera doctrina; las máximas de moral y caridad de
los hombres, son enseñadas de una
manera negativa, prohibitiva,… no robes, no hagas el mal a nadie, no retengas
el salario del jornalero, etc. etc.
Cristo
dice, “lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros
igualmente.” (Lc. 6,31).
Cristo va más adelante perfeccionando la ley y los profetas, y nos presenta su
doctrina de una manera positiva y activa. Cristo no se concreta sólo a enseñarnos
como evitar el mal y a no perjudicar a nuestro prójimo, sino que nos enseña y
nos motiva a hacer el bien a todos los hombres. No se encuentra en la ley y los
profetas la clara doctrina de la caridad como Jesús la expone, fundada en la
paternidad divina y en nuestra fraternidad con Cristo; los hebreos, apoyándose
en textos como (Lev. 19,18 Job.
31,29) y otros de la ley, entienden que la caridad y la justicia se aplica solo
entre los hebreos; desconocen la universalidad del Evangelio.
Cuando Cristo dice que tratemos a los hombres como
queremos ser tratados, es la forma más sublime de practicar el amor. Si
queremos ser respetados, respetemos a los demás, si queremos lealtad y
fidelidad, seamos fieles y leales con nuestro prójimo, si queremos ser tratados
con cortesía, justicia y equidad, seamos corteses, justos y
equitativos. En fin, no tenemos espacio aquí para enumerar todos los puntos
buenos que deseamos para nuestra persona, pero si anhelamos lo mejor para
nosotros, demos lo mejor a todos los hombres, como sabiamente enseña el Divino
Maestro, aún a nuestros enemigos.
¡Amar
a nuestros enemigos! He aquí otro aspecto altruista de la divina doctrina de
Cristo. Nuestro amado maestro Jesús
nos enseña una doctrina sobrenatural. Sí, sobrenatural, porque natural es en
toda la humanidad contestar las ofensas y la agresión; pero cuando Cristo dice
“Amad a vuestros enemigos… Haced el bien a los que os aborrecen … Orad por
los que os ultrajan y os persiguen...” (Mt. 5:44
Lc. 6:27-28), esto es sobrenatural, porque está por encima de lo
natural. El hombre natural no
entiende esto y dice, ¿Amar a mis enemigos?
¡Que locura!. Pues para él las cosas de Dios son locura. (cf.
1ª. Co. 1:18,21 y 1ª. Co. 2:14).
Cristo quiere que nuestro amor no sea solo afectivo, sino efectivo. Un amor afectivo se demuestra con sonrisas y mimos, pero un amor efectivo es buscar el bien y la felicidad de nuestro prójimo. “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los Escribas y Fariseos, no entrareis en el Reino de los Cielos”. (Mt. 5:20).
LA MEMORIA DE SANTA PELAGIA
(8 de octubre)
Pelagia nació en la ciudad de Antioquia. La belleza distinta, que Dios le había otorgado, la utilizó en satisfacer sus pasiones provocando la perdición de muchos. Era una de las prostitutas más famosas de la ciudad; usaba lo más que pudo de ropas, joyas y aromas para atraer a los hombre y, andando en el pecado, hizo una fortuna.
Un día, Pelagia pasó cerca de la iglesia. Allí platicaba Nono, obispo de Baalbek, con otros obispos. Mientras los presentes al verla, y por vergüenza, miraron hacia abajo, Nono mirándola les dijo: “¿Acaso bajaron la vista por miedo a esta belleza? me alegra la belleza de esta mujer porque Dios la ha escogido para adorno en su corona, mientras a nosotros quizás nos va a condenar...”
En la noche del domingo, aquella semana, el obispo Nono vio un sueño: una paloma negra vuela en la iglesia alrededor del altar, él, al agarrarla, la sumerge en la pila, así que sale blanca, resplandeciente y esplendorosa.
El día siguiente, se le ocurrió a Pelagia venir a la iglesia. Después del Evangelio, el obispo, en la homilía, empezó a hablar sobre el día del juicio, sobre la fatiga venidera de los pecadores, especial los que escandalizan a “los pequeños hermanos de Cristo.” Sus palabras penetraron como una espada en el alma de Pelagia; La Gracia rompió la dureza de su corazón y realizó el milagro.
Se marchó a su casa confundida, aquella noche la pasó llorando. Al día siguiente envió al obispo una carta llena de arrepentimiento y lágrimas pidiéndole permitirle presentarse ante él. El obispo Nono la recibió y viendo las señales de su arrepentimiento, la encargó a una diaconiza, llamada Romana, que le enseñó los caminos de la contrición y de la virtud a fin de ser bautizada. Tal como, durante los días del mal, tuvo el celo de embellecer su cuerpo, en el tiempo de la visitación divina se volvió celosa a la palabra de Dios. Unos día después de su Bautizo, Pelagia quitó la túnica blanca y se puso el sayal y salió hacia Jerusalén. Allá después de prosternarse ante la Santa Cruz, se dirigió a una cueva en el Monte de los Olivos donde se consagró al ascetismo vistiéndose de hombre y tomando el nombre de Pelagio.
Unos años después, un Diácono de Baalbek, llamado Jacob, que conocía a Pelagia y sabía de su conversión, salió hacia Jerusalén. Allá escuchó sobre un asceta “Pelagio” que estaba en boca de todos, y deseó conocerlo y tomar su bendición. Llegó Jacob a la cueva y tocó en la ventana pero nadie contestaba; lo repitió muchas veces pero sin responderse. Al asomarse por la ventana, vio un cadáver extendido sobre la tierra: el monje Pelagio se había dormido en el Señor.
Vinieron los padre y monjes que moraban por allá para embalsamar el cuerpo del hermano difunto; aquí descubrieron que se trataba no de un hombre sino de una mujer; se movió el corazón del diácono Jacob y reconoció a Pelagia. Él es quién escribió su maravillosa vida.
Ésta es la historia de Pelagia, la arrepentida que se le llama la tercera Magdalena después de María Magdalena y la Egipcíaca. En verdad, lo predicho por el obispo Nono se realizó exactamente: “Dios la ha escogido para adorno en su corona.”