Arquidiócesis Ortodoxa Antioquena
de
México, Venezuela, CentroAmérica y el Caribe

Boletin Dominical

12 De octubre 2003

 

 DOMINGO DE LOS PADRES DEL 7° CONCILIO

 

“Oh Padres de voluntad celeste reunidos en el Séptimo concilio, eleven continuos ruegos ante la Trinidad para que libere a los que alaban su reunión divina, de cada herejía y del eterno juicio, y que se les otorgue el Reino de los Cielos.”

 (exapostolarion)


TROPARIOS

Tropario de Resurrección (Tono 8)

Descendiste de las alturas, oh Piadoso, y aceptaste el entierro de tres días para librarnos de los sufrimientos. Vida y Resurrección nuestra, oh Señor, gloria a ti.

Tropario de la fiesta (Tono 8)

¡Glorificado eres Tú oh Cristo Dios nuestro, que cimentaste a los santo padres en la tierra como astros, por los cuales nos dirigiste a la verdadera fe! ¡oh Misericordioso, gloria a ti!

Kondakion (Tono 4)

Oh Protectora de los cristianos indesairable; Mediadora, ante el Creador, irrechazable: no desprecies las súplicas de nosotros los pecadores, sino acude a auxiliarnos como bondadosa que eres ya que te invocamos con fe.  Sé presta en intervenir y apresúrate con la súplica, oh Theotokos, que siempre proteges a los que te honran.

CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A TITO

(3, 8-15)

Tito, hijo mío: Es cierta esta afirmación, y quiero que en esto te mantengas firme, para que los  que  creen  en Dios traten de sobresalir  en  la  práctica  de  las  buenas obras. Esto es bueno y provechoso para los hombres.

Evita discusiones necias, genealogías, contiendas y disputas sobre la Ley, porque son inútiles y vanas. Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele; ya sabes que ése está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia.

Cuando te envíe a Artemas o a Tíquico, date prisa  en venir donde mí a Nicópolis, porque he pensado pasar allí el invierno. Cuida de proveer de todo  lo necesario para el viaje a Zenas, el perito en la Ley, y a Apolo, de modo que nada les falte. Que aprendan  también  los nuestros a sobresalir en la práctica de  las buenas obras, atendiendo a las necesidades urgentes, para que no sean unos inútiles.

Te saludan todos los que están conmigo. Saluda  a los que  nos aman en la fe. La gracia sea con todos vosotros.

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS

(8, 5-18)

 

Dijo el señor esta parábola: “Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron, otra cayó sobre piedra, y después de brotar, se secó, por no tener humedad, otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron.  Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado.”  Dicho esto, exclamó. “El que tenga oídos para oír, que oiga.”

Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y él dijo. “A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que: viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.

“La parábola del sembrador quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios.  Los de a lo largo del camino, son los que han oído, después viene el diablo y se lleva de su corazón la palabra, no sea que crean y se salven.  Los de sobre piedra son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; crecen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten.  Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez.  Lo que en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.”

EL SEMBRADOR

El que tenga oídos para oír, que oiga. Nos dice el Señor en el evangelio de hoy, al término de la parábola del Sembrador. En este relato parabólico, el Señor nos habla de quienes no le recibieron, se apartaron de Él y rechazaron su Palabra, así como de aquellos que con un corazón limpio la escucharon, la comprendieron y dieron frutos.

Dios revela la verdad a quienes anhelan conocerla y vivir en ella, es decir, a aquellos que no sólo oyen con los oídos sino con el corazón y entienden el sentido profundo, espiritual, de sus palabras. La parábola,  utiliza ejemplos de la naturaleza y sucesos de la vida cotidiana, para hacer más accesible la enseñanza, estimulando al oyente deseoso a descubrir la verdad. Asimismo, deja velada dicha enseñanza a los que sin conocerla la rechazan, a los obstinados y prejuiciosos que no les interesa andar los caminos del Señor.

 Ciertamente quien  siembra no es otro más que el mismo Señor, el Hijo del Hombre, (Mt.l3,37), su Palabra es la buena semilla y nosotros el terreno en el que fructifica o no esa simiente.

 Al echar su simiente el Sembrador, “una parte cayó a lo largo del camino”. ¿Quiénes son este tipo de gente? El Señor responde: “los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la Palabra”. Esta no pude penetrar un corazón endurecido por el pecado, maltratado,  pisoteado como el camino que no deja que la semilla se hunda, que la retiene en la superficie hasta que se esfuma rápidamente sin dejar rastro.

Las semillas que caen sobre piedra, “son los que al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten”. Éstas son las personas que, como la delgada capa de tierra que cubre las piedras, son poco profundas e inestables en sus intenciones; vanidosas, incapaces de ir más allá de lo que a sus intereses personales y  costumbres de vida conviene, se desaniman fácilmente y desisten y no alcanzan a madurar.

La parte de la simiente que cayó en medio de espinas, son las personas que envueltas totalmente en los cuidados y preocupaciones de la vida cotidiana sólo se interesa por la riqueza material, la diversión y el placer ahogando toda intención e impulso de su alma por alcanzar los bienes espirituales.

La tierra fértil  es la gente que, con un corazón bueno y recto recibe, cubre y conserva,  la Palabra, “y dan fruto con perseverancia”. Negándose así misma, sólo busca la verdad y decide seguirla firmemente; las buenas obras serán sus frutos y la abundancia de éstos dependerá de su capacidad, esfuerzo y anhelo.

No desesperemos si no somos suelo fructífero aún, pero no nos conformemos tampoco con ello; con decisión, trabajo y perseverancia y haciendo en todo momento la voluntad de Dios, hagamos de nuestra esterilidad un vergel. Que la Palabra del Señor aumente nuestra fe, nos lleve al arrepentimiento y nos conduzca a la oración y a las buenas obras.

EL SÉPTIMO CONCILIO ECUMÉNICO

En el año 787, bajo el amparo de la emperatriz Irene, se reunió en la ciudad de Nicea  el Séptimo Concilio Ecuménico con la participación de 367 obispos de todas partes con el objeto principal de determinar la posición  de la Iglesia universal sobre la veneración a los iconos de acuerdo a la doctrina de los anteriores seis concilios y a las enseñanzas de los santos padres.

El concilio condenó a los iconoclastas y veneró a los santos que habían soportado persecuciones y exilios defendiendo y muriendo por la veneración a los iconos como san Juan damasceno quien dijo: “yo muestro al Dios invisible no del lado que es invisible, sino del que se hizo visible para nosotros participando en la carne y en la sangre. No honro a la materia, sino al creador de la materia que se hizo materia para mí, viviendo en la materia y por ella realizando mi salvación”.

Así, el Séptimo Concilio Ecuménico expuso la teología del icono. Sin embargo, aunque la definió y presentó en forma acabada, la guerra de los iconos volvió a presentarse en el año 813 y continuó, por períodos cortos, hasta el año 843, en el que la emperatriz Teodora puso fin a esta guerra estableciendo las definiciones del séptimo santo concilio.

Cristo libera a los hombres de la idolatría no de un modo negativo, suprimiendo cualquier imagen, sino positivamente, revelando la verdadera figura humana de Dios. Si la divinidad sola de Cristo escapa a todo medio de representación y si la humanidad sola, separada de lo divino ya no significa nada, el genio de los padres del séptimo concilio proclaman que “su misma humanidad es la imagen de la divinidad.” “ quien me ha visto, ha visto al Padre.” Lo visible es afirmado en su función iconográfica: imagen de lo invisible.