Arquidiócesis Ortodoxa Antioquena
de
México, Venezuela, CentroAmérica y el Caribe

Boletin Dominical

29 de febrero de 2004

domingo de la ortodoxia

LA RESAURACIÓN DE LOS SANTOS ICONOS

 

 

 

“¡Oh Amante de la humanidad!, La Iglesia se re­gocija en Ti ahora, Creador y Novio suya; que por Tu Voluntad, digna de Dios, la rescataste del error de la idolatría y, por Tu Preciosa Sangre la uniste a Ti; alegre por la elevación de los iconos venerables, Te alaba con fe, glorificándote con regocijo.”

 

TROPARIOS

Tropario de la Resurrección (Tono 4)

Las discípulas del Señor aprendieron del Ángel el alegre anuncio de la Resurrección, y la sentencia ancestral rechazaron y se dirigieron con orgullo a los apóstoles diciendo: ¡Fue aprisionada la muerte, Resucitó Cristo Dios y concedió al mundo la gran misericordia!

Tropario del Domingo (Tono 2)

Nos prosternamos ante Tu Purísima Imagen ¡Oh Bondadoso! Suplicándote el perdón de nuestras faltas, ¡Oh Cristo Dios! Porque, por tu propia voluntad, aceptaste ser elevado en el cuerpo sobre la Cruz para salvar de la esclavitud del adversario a los que Tú creaste. Por lo tanto, agradecidos, exclamamos: “Has llenado todo de alegría, ¡Oh Salvador! Al venir para salvar al mundo”.

Kondakion de la Gran Cuaresma (Tono 8)

A ti, María, te cantamos como victoriosa; tu pueblo ofrece alabanzas de agradecimiento, pues de los apuros, Theotokos, nos has salvado. Tú, que tienes invencible y excelsa fuerza, de los múltiples peligros libéranos. Para que exclamemos a ti: ¡alégrate oh Novia, sin novio!

 

CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS HEBREOS

(11, 24-26; 32-40)

Hermanos: Por la fe, Moisés, ya adulto, rehusó ser llamado hijo de una hija de Faraón, prefiriendo ser  maltratado con el pueblo de Dios a disfrutar el efímero goce del pecado, estimando como riqueza mayor que los tesoros de Egipto el oprobio  de Cristo, porque tenía los ojos  puestos en la recompensa.

Y ¿a  qué continuar? Pues me faltaría el tiempo si hubiera de hablar sobre Gedeón, Barac, Sansón, Jefté,  David, Samuel y los profetas.  Estos, por la fe, sometieron reinos, hicieron justicia, alcanzaron las  promesas, cerraron la boca a los leones; apagaron la  violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, curaron de sus enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron  ejércitos extranjeros; las mujeres recobraron resucitados a sus muertos. Unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor; otros soportaron burlas y azotes, y hasta cadenas y prisiones; apedreados, torturados,  aserrados, muertos a espada; anduvieron errantes cubiertos de pieles de ovejas y de cabras; faltos de todo; oprimidos y maltratados, ¡hombres de los que no era digno el mundo!, errantes por desiertos  y   montañas, por cavernas  y antros de la tierra. Y todos ellos, aunque alabados por su fe, no consiguieron el objeto de las promesas. Dios  tenía  ya dispuesto algo mejor para nosotros, de modo que no llegaran ellos sin nosotros a la  perfección.

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN

(1, 43-51)

En aquel tiempo: Jesús quiso partir para Galilea.  Se encuentra con Felipe y le dice: “Sígueme.”  Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro.  Felipe se encuentra con Natanael y le dice: “Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret.”  Le respondió Natanael: “¿De Nazaret puede haber cosa buena?”  Le dice Felipe: “Ven y lo verás.”  Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.”  Le dice Natanael: “¿De qué me conoces?”  Le respondió Jesús: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.”  Le respondió Natanael: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.”  Jesús le contestó: “¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees?  Has de ver cosas mayores.”  Y le añadió: “En verdad, en verdad os digo: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.”

¡ESTEMOS ATENTOS!

Fieles todos, hermanos, que caminamos en este sendero de duro y pesado andar: los primeros frutos de la abstinencia empiezan a madurar. El temor a lo que no conocemos es la certeza de lo que nos ha sido prometido.

El Santo Espíritu obra maravillas en nuestras almas y nos va llevando como a niños que apenas comienzan a dar sus primeros pasos. Mantengámonos firmes en nuestro andar, no vacilemos, pues el enemigo quiere que los que se esfuerzan en seguir la tradición caigan, desesperen y mueran en el intento. El temor es fruto de la desesperación, que se puede contrarrestar en la fe, y el amor al que dio la vida por nosotros.

Cristo Jesús, que como hombre padeció hambre en su propia humanidad, nos enseña que la fortaleza trae consigo la firme convicción de que el ser humano está creado para vivir de acuerdo a los Mandatos Divinos. La mirada fija, el paso firme, los corazones compungidos y la mente alerta es el óptimo camino a la Redención.

El Pan Divino y las intercesiones de la Madre de Dios son el consuelo para sobrellevar nuestro penoso caminar con dignidad, temor de Dios, fe y amor para acercarnos al Misterio que se nos muestra con certeza y verdad.

Hermano mío, no temas a los frutos de la vida espiritual. Aunque los Santos Servicios son largos, más larga es la senda que nos separa del Infierno. Las postraciones son humillación de la mente y humildad de la raza humana. La falta de alimento y sueño son la breve paga ante la Misericordia y la Iluminación que nos muestran al Hijo en el Trono de su Gloria. Persiste y persevera, que Dios está cerca y pronto descansarás en los amorosos brazos del Padre.

LA RESAURACIÓN DE LOS SANTOS ICONOS

El 1er domingo de la Cuaresma, llamado el domingo de la ortodoxia, recordamos el triunfo de la recta fe cuando, en el año 843, la emperatriz Teodora salió con los fieles en una procesión levantando de nuevo los iconos en su postura de veneración después de una guerra tensa cuya objeto era destruir todos los iconos y prohibir que los fieles los usaran en su piedad.

Aunque los iconoclastas eran apoyados por los emperadores, no obstante los fieles, clero y pueblo, monjes y casados, conservaron la veneración a los iconos como un tesoro precioso, defendiéndolos, algunos con palabras y explicaciones, y otros, con  su sangre y vida.

Así los fieles, en el primer domingo de la Cuaresma del mencionado año 843 elevaron los iconos anunciando la fe ortodoxa, determinada por el Concilio Séptimo (787): no adoramos al icono, sino lo veneramos, y nuestra veneración y respeto se refiere a quien se representa, al Señor, a  la Virgen o a los santos. Pues, por el icono nuestros ojos comprenden y alientan con su presencia la profundidad del alma que ora.

Si alguien nos pregunta que ¡cómo sobrepasamos el orden del segundo mandamiento del Antiguo Testamento que prohíbe el presentar imágenes de Dios!, contestémosle con las palabras de San Juan Damasceno:

esta prohibición no pertenece a la Iglesia del Nuevo Testamento, ya que Dios ha aceptado naturaleza humana y vivido en la tierra como hombre... Ya que el Invisible se hizo visible por su encarnación, pueden pintar a quien se ha visto: pueden pintar a mi Salvador, su nacimiento, pasión, crucifixión, resurrección... expresen todo esto con colores como lo han expresado con palabras, no tengan miedo, yo sé la diferencia entre los ídolos y los iconos.”

 Así pues, al oponerse a presentar al Señor en iconos, se rechaza la realidad de su encarnación.

Que queramos a los no ortodoxos no significa que compartamos sus desviaciones; soy ortodoxo, entonces me incorporo, con mis hermanos en la fe, cada domingo en la iglesia donde creceré en Gracia y fe y al encontrarme con el rostro del Señor, diré a los que están afuera lo que Felipe ha dicho a Natanael en el Evangelio de hoy: “ven y lo verás”

LA ORACIÓN DE SAN EFRÉN EL SIRIO

Es la oración cuaresmal por excelencia; la Iglesia nos exhorta a recitarla frecuentemente en esta época:

“Oh Señor y soberano de mi vida, líbrame del Espíritu de ocio, indiscreción, vanagloria y palabra inútil.

Mas regálame a mí, tu siervo, el espíritu de castidad, humildad, paciencia y amor.

Sí, Señor y Rey, concédeme percibir mis propias faltas, y no juzgar a mi hermano, porque bendito eres por los siglos de los siglos. Amén.”