Arquidiócesis Ortodoxa Antioquena
de
México, Venezuela, CentroAmérica y el Caribe

Boletin Dominical

27 de julio de 2004

 

4° DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

 

“Brillemos en la virtud y, así, veremos a dos hombres de pie y vestidos de luz resplandeciente dentro del sepulcro del Dador de la Vida, los mismos que se aparecieron a las Mirróforas que temerosas inclinaron sus rostros hacia la tierra, y entenderemos la resurrección del Señor de los cielos. Corramos con Pedro hacia el sepulcro, maravillémonos con el acontecimiento y esperemos ver a Cristo Vida. ”

(Exapostolarion)

TROPARIOS

Tropario de Resurrección (Tono 3)

Que se alegren los celestiales, y que se regocijen los terrenales; Porque el Señor desplegó la fuerza de su brazo, pisoteando la muerte con su muerte. y Siendo el primogénito de entre los muertos, nos salvó de las entrañas del Hades y concedió al mundo la gran misericordia. (escucha el tropario)

Tropario de San Pedro y Pablo (Tono 4)

Oh primados entre los apóstoles, y maestros del universo, interceded ante el Señor de todo para que otorgue la paz al mundo, y a nosotros la gran misericordia. 

Kondakion (Tono 4)

Oh Protectora de los cristianos indesairable; Mediadora, ante el Creador, irrechazable: no desprecies las súplicas de nosotros, pecadores, sino acude a auxiliarnos, como bondadosa, a los que te invocamos con fe.  Sé presta en intervenir y apresúrate con la súplica, oh Madre de Dios, que siempre proteges a los que te honran.

CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS

(6, 18-23)

Hermanos: Liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de  la justicia. -Hablo  en términos  humanos, en atención a vuestra flaqueza natural-. Pues si en otros tiempos ofrecisteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y al desorden hasta desordenaros, ofrecedlos igualmente ahora a la justicia para la santidad.

Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres respecto de la justicia. ¿Qué frutos cosechasteis  entonces de aquellas cosas que al presente  os avergüenzan? Pues su fin es la  muerte. Pero  al  presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para santidad; y el fin, la vida eterna. Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO

(8, 5-13)

En aquel tiempo: Al entrar, Jesús, en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: “Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.”  Dícele Jesús. “Yo iré a curarle.”  Replicó el centurión: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.  Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace.”  Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.  Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; ahí será el llanto y el rechinar de dientes.”  Y dijo Jesús al centurión: “Anda; que te suceda como has creído.”  Y en aquella hora sanó el criado.

HUMILDAD Y CONFIANZA

“Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.”

¿Qué es lo que hizo al Señor elogiar, a tal grado, la fe de este centurión?

Es que su fe se apoyaba en dos virtudes que la hacían verdaderamente un “camino real,” el cual no se desvía ni a la derecha ni a la izquierda:

De un lado, tenía la humildad y el propio conocimiento: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”, y del otro lado tenía la absoluta confianza en el poder de Dios y en su misericordia: “basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.” Las dos virtudes, cuando obraron juntas, hicieron grande su fe.

El mencionado camino real requiere de guardar la balanza entre el reconocimiento de nuestras debilidades y caídas, y la entrega a la misericordia de Dios. Pues si uno agarra demasiado a la derecha: “Dios perdona... el es misericordioso... Él nos saca...”,  se desvía uno hacia la negligencia, hacia la vida superficial; mientras si se carga hacia la izquierda: “mis pecados son imperdonables... no me  puedo corregir... no tengo carácter ...”,  puede llegar uno hasta el otro extremo que se llama “desesperanza” y que, en alguna manera, es blasfemia hacia la misericordia de Dios.

Dicen los santos padres que ante cualquier tentación, el demonio nos enfrenta con dos pensamientos: antes de caer, uno piensa que “Dios es Todo misericordia y me perdonará”; y al caer, que “¿cómo lo hice yo? ¿cómo podré estar en la iglesia? ¿cómo me atreveré a leer su palabra?...” Teniendo esto en cuenta, el cristiano se defiende con lo contrario, así pues el que se goza estando de pie (centurión con poder) tiene que recordar que puede caer y así se humillará, y el que está decaído (soy indigno), se anima y confía en la Bondad del Señor “con mi Dios, brincaré sobre la pared.” (salmos)

Este es el camino real, en el que, si marchamos en él,  llegaremos a escuchar “Anda; que te suceda como has creído.”

SAN PABLO, APÓSTOL DE LOS GENTILES

“¡Saulo, Saulo!, ¿por qué me persigues? Y él respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y el Señor le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues...” (Hch. 9:4-5). Saulo fue conocedor y notable maestro de la Ley en Jerusalén, un ferviente partidario de las tradiciones judías, un Fariseo de padre Fariseo. Sin embargo, la misericordia divina lo transforma: “...ese mismo es ya un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre y anunciarlo delante de todas las naciones, y de los reyes, y de los hijos de Israel.” (Hch. 9:15).

Nació en Tarso (actualmente en Turquía); aunque de raza judía (de la tribu de Benjamín) era ciudadano romano. Dominó con soltura la lengua griega y fue discípulo del famoso maestro Gamaliel el Viejo (quien defendió a los Apóstoles ante el Sanedrín cuando se les prohibió predicar -Hch. 5:34-). La cólera en contra de la naciente Iglesia cristiana por considerarla una secta que debía ser destruida, lo motivó a perseguirla y lo hizo testigo de la lapidación de San Esteban, primer mártir del cristianismo (Hch. 7:58). En un viaje a Damasco, nuestro Señor se le revela; este hecho lo convierte, posteriormente, en el gran misionero que llevó el mensaje de Cristo a los paganos. La Iglesia lo recuerda con el nombre de Pablo.

Viajó por Asia Menor, Chipre, Macedonia y Grecia, entre otros, visitando lugares lejanos para dar a conocer el Evangelio. Fundó varias comunidades cristianas y trató de estar al tanto de ellas en sus necesidades y problemas.

Sus 14 Epístolas nos muestran lo elevado de sus pensamientos, la abundancia de las revelaciones hechas a él y la sabiduría de Dios en sus reflexiones, con las cuales nos presenta, de manera extraordinaria, el Antiguo y Nuevo Testamento, revelándonos el sentido de la palabra divina. San Pablo nos confirma la doctrina de la Fe, expone con claridad y vehemencia la enseñanza evangélica y nos muestra con exactitud los deberes de cada rango, edad y condición humana.

Fue apresado, probablemente, en el año 58 d. C., en Jerusalén y trasladado a Cesárea. Por ser ciudadano romano, pidió ser procesado por un tribunal imperial, por lo que fue embarcado a Roma en el año 60. La tradición nos cuenta que murió en el martirio, decapitado, durante el reinado de Nerón al mismo tiempo, según la afirmación de algunos, que la crucifixión de San Pedro. La Iglesia Ortodoxa recuerda con gran amor y gratitud a San Pablo, el Apóstol de los gentiles.

"SOBRE ESTA PIEDRA CONFESADA EDIFICARÉ MI IGLESIA

Dijo el Señor a Simón Pedro: “Tú eres Pedro (Petros) y sobre esta piedra (petra), edificaré mi Iglesia.” El apóstol acababa de confesar al Señor: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” y es esta fe confesada por el apóstol la que constituye el fundamento de la Iglesia. La piedra angular de la edificación  no es otra sino Cristo: “..nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo” (1ª.Cor 3,11). Sobre esa piedra: la fe en Cristo, se edificaron también los propios pilares de la iglesia: Pedro y Pablo y todo el cuerpo apostólico.

Hacia el año 427, escribe el Doctor de la Iglesia de Occidente San Agustino a este respecto: “No le dijo, en efecto, tú eres piedra (petra) sino “Tu eres Pedro” (Petrus). Así pues, la piedra, (petra) era Cristo, confesado por Simón, como lo confiesa toda la Iglesia, el cual recibió el nombre de Pedro (Petrus)”.