Arquidiócesis Ortodoxa Antioquena
de
México, Venezuela, CentroAmérica y el Caribe
Boletin Dominical
10
de octubre de 2004
domingo
17° DESPUÉS de PENTECOSTÉS
Cuando María vio a los dos ángeles dentro del
sepulcro, se maravilló. Cuando desconoció a Cristo, pensando que era el
jardinero, le preguntó: “Señor
mío, ¿dónde colocaste el Cuerpo de Jesús?” Pero cuando Él la llamó,
reconoció que era el Salvador, y escuchó que le decía: “No me toques,
porque estoy yendo a mi Padre, di esto a mis hermanos.”
(exapostelarion)
Cuando descendiste a la muerte, oh Vida inmortal, mataste al Hades con el rayo de tu Divinidad, y cuando levantaste a los muertos del fondo de la tierra, todos los poderes celestiales clamaron: ¡Oh Dador de vida, Cristo Dios, gloria a Ti! (Escuche el tropario)
Oh Protectora de los cristianos indesairable; Mediadora, ante el Creador, irrechazable: no desprecies las súplicas de nosotros, pecadores, sino acude a auxiliarnos, como bondadosa, a los que te invocamos con fe. Sé presta en intervenir y apresúrate con la súplica, oh Madre de Dios, que siempre proteges a los que te honran.
SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS
(6, 16- 7, 1)
Hermanos:
Nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: "Habitaré en medio
de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi
pueblo. Por tanto, salid de entre ellos y apartaos, dice el Señor. No
toquéis cosa impura, y yo os
acogeré. Yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis para
mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso."
Teniendo, pues, estas promesas, queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios.
EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS
(7, 11-16)
En aquel tiempo: Sucedió que Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: “No llores.” Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: “Joven, a ti te digo: Levántate.” El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros”, y “Dios ha visitado a su pueblo”. Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.
JESÚS, SEÑOR DE LA VIDA
Entre los múltiples milagros que realizo Jesús, las Sagradas Escrituras nos narran tres resurrecciones realizadas directamente por nuestro Señor Jesucristo: La resurrección de Lázaro, la de la hija de Jairo y, la de la lectura de hoy, la resurrección del hijo de la viuda de Naín. Tanto en el pasaje del Evangelio de hoy como en las otras dos resurrecciones, Cristo se muestra como Dios mismo, con toda potestad sobre la vida y la muerte. A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento a quienes Dios les concedió resucitar muertos, aquí Cristo lo hace con autoridad propia, con voz de mando, ordenando al muerto levantarse.
Cristo hace milagros, no tan sólo para demostrar su poder, sino además para remediar las necesidades de las multitudes y mitigar las penas de los que sufren. Leemos hoy que “viendo el Señor el sufrimiento de la madre viuda se compadeció de ella. (Lc.7, 13).
En los milagros que Cristo realiza nos enseña a ser siempre agradecidos con Dios. Ya que en más de una ocasión dice la Sagrada Escritura, que Cristo no hace ostentación del prodigio realizado, sino que recomienda “mira que no lo digas a nadie, pero da gloria a Dios. (Mt.9, 30).
Cristo dice “ Yo soy la resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn.11, 25-26). Ésta es una promesa que Cristo cumplirá en nosotros si permanecemos fieles y constantemente hacedores de su palabra. Ésta es una promesa que siempre debemos tener por verdadera, porque si Cristo lo dijo, todo su pueblo debe tomarla por ¡VERDAD¡. Porque como está escrito “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Ro.3, 4).
El hombre, por el pecado, está muerto espiritualmente, pero Cristo se compadece de nosotros como de la viuda de Naín y nos da vida resucitándonos de la muerte del pecado. (Ro.8,10 Ef.2,1). Con las resurrecciones que Cristo efectuó según nos narra la Sagrada Escritura con todo detalle, Cristo nos da la esperanza que tanto en el cuerpo como en el Espíritu nos dará vida en abundancia.
Y Cristo tiene poder para darnos inmortalidad tanto del cuerpo como del alma. Pues nos dice como principio que “a él nadie le quita la vida sino que él tiene poder para ponerla y poder para volver a tomarla” (Jn.10, 17-18). Y si nuestro Señor Jesucristo tiene poder sobre su vida, con mayor razón tiene potestad para dar vida eterna a los que creen en Él. (Jn.17,1-2). Bendita sea la gloriosa Resurrección de nuestro Redentor, primicias de nuestra vida.
LITURGIA "REUNIÓN DE LA IGLESIA"
“Al
reuniros en la asamblea” (1Cor.11:18), esta frase indica, para el apóstol San
Pablo, la liturgia como la reunión de la Iglesia. Las oraciones y acciones litúrgicas
como las celebramos confirman esto concepto.
Pues, el sacerdote, como presbítero (que significa prefecto) exclama todas las oraciones en plural (pidamos, rendimos gloria, roguemos al Señor...) y el pueblo afirma su participación con el “Amén” una de las expresiones más importantes de la adoración cristiana, que funde al pueblo de Dios con su presbítero en un solo crisol. Entonces, no se habla aquí de oraciones privadas sino es la ofrenda de todos nosotros, clero y pueblo, que formamos la Iglesia.
En los tiempos de San Juan Crisóstomo, el pueblo entraba a la Iglesia antes del obispo para que, al entrar, el último bendijera a toda la asamblea y comenzaran juntos la liturgia como el fruto de la reunión. Así, en la Iglesia ortodoxa, un sacerdote no puede celebrar la divina liturgia solo.
Hasta el ornamento sacerdotal está conectado con la comunidad:
El estijarion (túnica de color blanco y mangas anchas) es el vestido de la pureza, vestido de los bautizados.
El epitrajilio (especie de estola cuyas partes caen al enfrente) es el signo que el sacerdocio es de Cristo.
Así también las sobremangas indican también que las manos del sacerdote con las cuales está bendiciendo ya no son de su propiedad sino del Señor.
El cinturón o zone es siempre signo de preparación y servicio: los hebreos tomaban la comida de la pascua ceñidos para estar listos para la marcha que les iba a llevar a la tierra prometida.
El felonio (capa amplia y adornada) simboliza la gloria de la Iglesia como la nueva creación.
Nos reunimos como una Iglesia y nos vestimos con la vestidura de la nueva creación: es la primera acción litúrgica de la santísima eucaristía.
AROMA DEL JARDÍN DE LOS MONJES
Unos
monjes de los que se llamaban “orantes” (decían que se debe orar todo el
tiempo sin trabajar) visitaron al Padre Lucio, quien les preguntó:
-¿Y
ustedes, qué trabajo manual practican?
-nosotros
no trabajamos, sino, como recomienda san Pablo, oramos incesantemente.”
-¿No
comen?
-Sí.
-¿Mientras
comen, quién ora por ustedes? Luego, ¿no duermen? ¿mientras duermen, quién
ora por ustedes?
No encontraron nada que contestar. Entonces él les dijo: “perdónenme, ustedes no hacen lo que dicen. Mas yo les explicaré cómo yo por mi trabajo oro sin cesar: mientras tejo las canastas repito “ten piedad de mí, oh Dios, según tu gran misericordia, y conforme a tu piedad borra mis iniquidades”. Ésta ¿no es oración?” Dijeron: sí. Continuó: “pues, cuando trabajo y oro, gano, encima de mi oración, dieciséis monedas, doy dos como limosna y vivo con las restantes. Y ya que el que toma la limosna ora por mí, mi oración se hace, por la Gracia de Dios, incesantemente.