Arquidiócesis Ortodoxa Antioquena
de
México, Venezuela, CentroAmérica y el Caribe
Boletin Dominical
16 de octubre de 2005
domingo de los padres del 7° concilio
“Oh Padres de voluntad celeste reunidos en el Séptimo
concilio, eleven continuos ruegos ante la Trinidad para que libere a los que
alaban su reunión divina, de cada herejía y del eterno juicio, y que se les
otorgue el Reino de los cielos.”
(Exapostelario)
Descendiste de las alturas, oh Piadoso, y aceptaste el entierro de tres días para librarnos de los sufrimientos. ¡Vida y Resurrección nuestra, oh Señor, gloria a Ti!
¡Glorificado eres Tú oh Cristo Dios nuestro, que cimentaste a los santos padres en la tierra como astros, por los cuales nos dirigiste a la verdadera fe! ¡Misericordioso, gloria a Ti!
Oh Protectora de los cristianos indesairable; Mediadora, ante el Creador, irrechazable: no desprecies las súplicas de nosotros, pecadores, sino acude a auxiliarnos, como bondadosa, a los que te invocamos con fe. Sé presta en intervenir y apresúrate con la súplica, oh Madre de Dios, que siempre proteges a los que te honran.
CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A TITO
(3, 8-15)
Tito,
hijo mío: Es cierta esta afirmación, y quiero que en esto te mantengas firme,
para que los que creen en Dios traten de sobresalir en
la práctica de
las buenas obras. Esto es
bueno y provechoso para los hombres.
Evita
discusiones necias, genealogías, contiendas y disputas sobre la Ley, porque
son inútiles y vanas. Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele;
ya sabes que ése está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia.
Cuando
te envíe a Artemas o a Tíquico, date prisa
en venir donde mí a Nicópolis, porque he pensado pasar allí el invierno.
Cuida de proveer de todo lo necesario
para el viaje a Zenas, el perito en la Ley, y a Apolo, de modo que nada les
falte. Que aprendan también
los nuestros a sobresalir en la práctica de
las buenas obras, atendiendo a las necesidades urgentes, para que no
sean unos inútiles.
Te saludan todos los que están conmigo. Saluda a los que nos aman en la fe. La gracia sea con todos vosotros.
EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS
(8, 5-15)
Dijo el señor esta parábola: “Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron, otra cayó sobre piedra, y después de brotar, se secó, por no tener humedad, otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado.” Dicho esto, exclamó. “El que tenga oídos para oír, que oiga.”
Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y él dijo. “A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que: viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.
“La parábola del sembrador quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios. Los de a lo largo del camino, son los que han oído, después viene el diablo y se lleva de su corazón la palabra, no sea que crean y se salven. Los de sobre piedra son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; crecen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten. Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez. Lo que en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.”
LA TIERRA BUENA
“Y otra cayó en tierra buena y, creciendo, dio fruto centuplicado.”
En esta parábola, Cristo no pretendía clasificar a la gente entre buenos recipientes y otros malos, sino describir los obstáculos que nos impiden recibir la palabra de Dios, para que, superándolos, llegamos a formar una tierra buena.
La tierra buena es una tierra virgen, escondida a la vista, que sabe cómo guardar la semilla, y cobijándola, la hace parte de ella, así que los pájaros no la pueden hurtar. Mas cuando la Palabra nos agrada superficialmente, pero no la hacemos parte de nuestro ser, entonces se vuelve como la semilla que está en la superficie del camino, y así es fácil para el maligno robarla.
La tierra buena, siendo profunda y flexible, facilita que la semilla tenga raíces robustas e inseparables. San Pablo dice: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿la tribulación? ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?” (Rom.8:35). Algunos podrían pensar que la era de la persecución terminó a principios del siglo IV con el reconocimiento oficial del cristianismo y la libertad religiosa; pero la verdad es que el martirio nunca se ha parado de dar su testimonio. Los mártires murieron por rechazar adorar a dioses ajenos; en cambio nosotros, cada día, nos prosternamos ante millares de esos dioses. Venimos a la iglesia para ofrecer a Dios nuestras superficialidades y salimos de ella encontrándonos ajenos a Él. ¿Acaso en nuestros proyectos buscamos agradar a Dios?, o ¿en la educación de nuestros hijos sembramos el espíritu del evangelio? ¿Acaso la palabra de Dios juzga nuestro modo de vivir, o es superficial?
La tierra buena está limpia de abrojos. Quizás el más miserable sea el que prueba la dulzura de la palabra divina, mas las espinas de la vida no se la dejan crecer. Nuestras energías, deseos y tiempos son espacios en los que tiene que crecer la palabra de Dios, mas si los abrojos consumen todo el oxígeno en estos espacios, nada sobrará para las semillas de la vida y éstas se ahogarán.
La Iglesia lee este evangelio en el recuerdo
de los santos padres del séptimo concilio ecuménico. Para nuestra
Iglesia los santos concilios no son conferencias eclesiásticas, sino
el sitio de reunión de los santos que aceptan la palabra de Dios profundamente
en sus vidas: “y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal.2:20),
y la guardan lejos de cualquier maligno pensamiento, pisoteando por ella las
preocupaciones de este mundo: “que no tenemos aquí ciudad permanente,
sino que andamos buscando la del futuro.” (Heb.13:14).
El que tenga oídos para oír que oiga.
SÉPTIMO CONCILIO ECUMÉNICO
En el año 787, bajo el amparo de la emperatriz Irene, se reunió en la ciudad de Nicea el Séptimo Concilio Ecuménico con la participación de 367 obispos de todas partes, con el objeto principal de determinar la posición de la Iglesia universal sobre la veneración a los Iconos de acuerdo a la doctrina de los anteriores seis Concilios y a las enseñanzas de los santos Padres.
Aquí disponemos partes del texto del decreto del Séptimo Concilio, respeto a los santos iconos:
«Nosotros hemos conservado las tradiciones de la Iglesia hasta el día de hoy sin cambio ni alteración. Una de estas tradiciones es la del uso de los iconos (imágenes) [...] es una tradición muy beneficiosa por varios aspectos; pues revela que la Encarnación del Verbo Dios es una realidad y no imaginación o ilusión; también los iconos, además de las enseñanzas y explicaciones que ofrecen, provocan santos sentimientos.
Por eso, nosotros, conforme a la Tradición de la Iglesia universal inspirada por Dios, determinamos severa y minuciosamente que así como la honorable y vivificadora Cruz es exaltada, así también los santos Iconos -hechos en pintura, mosaico o otro material-, son colgados en las santas iglesias, y puestos sobre los consagrados recipientes, también exaltados en las casas y vías; es decir la imagen de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, la de su santísima y purísima Madre, la de los Ángeles y de los Santos y todos los Justos; porque verlos frecuentemente en sus ilustraciones, facilita al pueblo de Dios conservar la memoria del origen, y estimula el deseo de imitar su vida. A estas imágenes se les deben reverencia y veneración, y no la adoración que pertenece únicamente a la Esencia divina.
Según la antigua piadosa tradición, es genuino quemar incienso y encender velas ante estas imágenes y ante la honorable Cruz; porque la veneración es ofrecida a la origen que la misma imagen representa.»