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Nuestro Santo Padre Juan nació en Dyrrachium, (ahora Durres, Albania), a finales
del siglo XIII. Su padre murió cuando él era aún niño y su madre
procuró que lo educaran los maestros más reconocidos. Sobresalió
gracias a su voz angelical y se convirtió en el mejor cantor de
la corte y favorito del emperador, el cual quería arreglarle un
buen matrimonio. Sin embargo, en el fondo, el joven sólo quería
llevar una vida monástica.
Dios le dio una oportunidad cuando el abad de la Gran Lavra (monasterio)
visitó la corte. Juan se presentó ante él sin precisar la índole
de su trabajo en la corte. Después de probarlo por algunos días,
el abad lo vistió con un habito angelical y lo llevó con él al Santo
Monte. Le dieron la tarea de llevar las cabras a pastar en las montañas.
Ahí, lejos de todo contacto humano, pasaba todo el día en oración y dirigiéndose a Dios en tonos tan dulces que los mismos animales dejaban de pastar sólo para escucharlo.
Un día fue escuchado por un monje que quedó maravillado con su voz, y le habló al abad sobre él. Por ello, Juan fue obligado a decir exactamente quién era. Permitiéndosele, entonces, quedarse en el Monte Athos, gracias a la intervención del abad ante el emperador, quien lo había buscado por todas partes. Se le ubicó cerca de la Lavra, en una celda dedicada a los Santos Arcángeles, donde vivía en soledad por seis días de la semana regresando los domingos al monasterio para cantar en la Iglesia.
En el quinto sábado de Cuaresma (cuando cantamos la alabanza a la Virgen) al
levantar su voz de una manera digna de alabanza a la Santa Madre
de Dios, ella se le apareció, le dio una moneda de oro y le dijo:
“Regocíjate Juan, mi hijo, canta para mi y nunca te dejaré.” Después
la Santa Madre de Dios milagrosamente curó sus piernas gangrenadas,
afectadas por estar parado tanto tiempo en el coro. San Juan pasó
el resto de su vida en arrepentimiento, ayuno y oración continua.
Supo de antemano el día de su muerte, así que pudo reunir a todos
los monjes, pedir su perdón y que enterraran su cuerpo en su celda
de los Santos Arcángeles. Sus composiciones musicales, que sobrevivieron
en manuscritos, marcaron una etapa decisiva en el desarrollo de
la música eclesiástica bizantina. Sus intercesiones sean con nosotros.
Amén.
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